Yo estoy en deuda con todos los poetas, con esas criaturas raras que sacuden al viento su alma y la dispersan como semillas.
Le debo hectáreas de tristezas a Miguel Hernández, quien le cantó su Nanas de la cebolla al hijo que después murió de hambre.
Le debo hectáreas de tristezas a Miguel Hernández, quien le cantó su Nanas de la cebolla al hijo que después murió de hambre.
Le debo un racimo de flores al nicaraguence Darío, yo todavía sueño con sus princesas persas y sus pájaros azules.
Le debo la cruz a César Vallejo, aquel que nació un día en que Dios estaba enfermo y prefirió morir bajo los aguaceros de París “hay golpes en la vida tan fuertes, yo no sé.
Le debo a Borges el sabor a cicuta de las palabras, la certeza sustancial de que “mañana seré tigre entre los tigres”.
Le debo los ríos a Eloy Blanco, el fervoroso amor por la tierra; aprendí con él a decir: hembra, llano, selva, hijos, tambores de Barlovento.
Le debo el misterio a Allan Poe, la solemnidad de la muerte, los graznidos de cuervos; todavía repica en mis adentros como campanadas: el “never more”, el “never more”, el “never more” de mis nostalgias.
Le debo a Ernesto Cardenal el canto cósmico y a Dulce María Loynaz el esplendor de islas, la dulzura de las madréporas en el agua y la paciencia de esperar cien años sin esperar nada.
Le debo a Martí el verso desnudo y puro como el agua de la sierra, le debo a Martí la melodía del idioma, la honestidad de la palabra y su destino rotundo de poeta y hombre.
Le debo a Bukowski la mala-palabra, el guiño insolente, la irreverencia; aprendí con él a decir las tetas con brillo de Juana la Loca y que las ventanas de mi casa no dan al mar, sino a las cloacas de la ciudad.
Le debo a Walt Whitman el amor total por el hombre y el sexo a carne viva; soy aún ese que añora una miriada de mancebas hermosas desfilando sobre mi cuerpo desnudo.
Le debo a Juana Borrero su criolla melancolía, el “beso de amor imposible, sin sed y sin fuego, sin fiebre y sin ansias”, me dejó Juana su romanticismo habanero, la virtud como impulso y no como triunfo, me dejó el ocaso, las sombras mudas, el sudario, y me dejó como ofrenda su apellido.
Le debo a Lezama la imagen como criatura viva, la imagen que camina, que vuela, que está implícita en todas las cosas; le debo las palabras rarísimas y hermosas, le debo el misterio que habita en cada verbo.
Le debo a Rimbaud y demás poetas malditos todos sus demonios, a Neruda que nos regresara con luces continentales el Machu Picchu, a Baudelaire conocer que existe un ave de mar llamada albatros, a Willian Blake el color fulminante de los tigres, a Hernández Novás mi terror por los suicidios, a Àngel Escobal, aquella frase de amor: “pasó la eternidad y tú no estabas”.
Le debo la sombra al poeta sin nombre que murió en una celda. Le debo a Federico García Lorca los romances granadinos, y su cuerpo agujereado por la fusilería fasista. Le debo incluso al Guillén nuestro, no sus pancartas, sino sus sonetos de amor.
Le debo a Carilda mis notas de tres, por cada noche que en vez de estudiar me iba a sus tertulia en el Palacio de Junco. Le debo a Jacinto Milanés la locura, el orgullo de saber que hay un lugar sobre la tierra llamado Matanzas, mi entrañable Matanzas: “Alguna vez crucé hondamente esta ciudad, algún puente, alguna plaza aún soportaría mi ronda; tal vez algún prado esconda mi dolor o una mujer, alguien me vio enloquecer calle tras calle”.
Le debo a José María Heredia el Niágara y mi compasión por los desterrados del mundo; le debo a Martínez Villena su pupila insomne, a Antonio Machado los cantares: “Nunca perseguí la gloria, ni dejar en la memoria de los hombres mi canción”; les debo a todos, no hay un solo verso mío que no se haya fundido con los huesos de cada poeta de la tierra. “Murió el poeta lejos del hogar, le cubre el polvo de un país vecino, al alejarse le vieron llorar, caminante no hay camino, se hace camino al andar”.


















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