Tigre, fuiste concebido en la distancia, como metáfora más allá del mar,
como sueño arrebatado entre las piedras calientes y remotas;
fuiste una idea que se volvió madera y carne en las madréporas de la isla.
Y ahora eres el posible hombre nuevo, el que jamás fui;
eres la apertura al milagro, el desborde de un sueño,
el canto de un cisne, la huella incrustada en la roca de un amor marchitado a destiempo;
eres la luz en mi larguísima sombra, la prolongación de todos mis caminos,
la palabra cierta, el acto que reivindica, el amor que sobrevive.
Eres mi última reconciliación con la vida,
el fiel testimonio de que se viene al mundo solo para amar y procrear,
como el barbaric yawp de Walt Whitman.
Eres la carne perfecta desde las imperfecciones y erratas del hombre,
el amparo de todos mis miedos.
Tigre, no eres de ningún destino y sí de todos los parajes,
hijo de las grandes cosas y de las más genuinas ilusiones,
mi radiante cosmopolita, preconcebido bajo el sol de África
brotado como zarpazo de las entrañas de Oriente
y añorado en el otro extremo sideral de la isla;
saldo contigo mi deuda de octubre y de Demajagua,
naciste a pocas leguas de la Insurrección,
quizás mi último poema al mundo.


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