Los dos príncipes





 “En los páramos del monte tiene su casa el pastor…”
                                                       José Martí


Desde su lecho final un señor de 80 años divisa a través de la ventana la yunta de bueyes y evocó sus días gloriosos en que era otro animal abriendo surcos sobre las parcelas, todavía se siente la humedad de las coles, el polvo bermejo de la tierra que se le incrustó eternamente en las uñas; los perros, el cerdo, las gallinas parecen que han estado siempre, que son las mismas criaturas de hace 80 años; sin embargo su mujer ya no está, tiempo hace que no está, y era ella quien mejor esparcía el maíz en el suelo del patio, de milagro no se murieron los animales con ella; la ha evocado siempre con melancólica dulzura; a través de la ventana se ven las techumbres que alguna vez fueron de guano, el árbol de aguacate, el viejo cocotero, la montaña, siempre la montaña, y jamás necesitó saber qué habría más allá. Mira los rostros ya maduros de sus hijos y se pregunta: “cómo ha sucedido todo tan rápido”.   

  Otro señor de 80 años, también en su lecho final, sigue mirando el portarretrato donde sigue subiendo por las escaleras de un Boeing 747, y sigue reviviendo sus días por Europa, sus aficiones por los ríos; moribundo sigue revisitando los museos que le dejaron muestras permanentes en la memoria. Devoró tantos libros como pudo, despedazó su vista en la lectura, y aunque nunca fue Demócrates ni Borges, de un poco de ambos impulsos se apropió. Coleccionó fotografías, caracoles, sellos de correo, monedas del mundo; convirtió en credo y en verso cada mujer que amó, se embutió de todos los alcoholes posibles, del aguardiente infernal, del Whisky español, del Volka con sonido de río, y vinos con nombres pomposos de reyes; le estrechó la mano a poetas, alcaldes y cónsules, cenó en cafeterías de múltiples ciudades, ciudades sin asfalto, otras con rascacielos, y ahora en su lecho final como un lobo solitario musita: “todo pasó, debieran venir ya por mí”.

Iván A. Borrero Madan


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