Soy ciudadano de Mantilla



Escritor Leonardo Padura, legítimo hijo de Mantilla, su primeras palabras al recibir el Premio Princesa de Asturia de manos del Rey, fueron una solemne evocación a su localidad.




                          “En el Moro de La Habana”

                                                            A Eliseo Diego



En el Moro de La Habana
Proserpina fundó el reino de La Mala Palabra,

y se confabularon en la misma sombra
los ángeles desalados y las maldiciones.

En el Moro de La Habana
se habita entre escombros,
el polvo de la calle forma nuevas calles,
pozos tan remotos donde tragar las noches,
los vicios, las concupiscencias.

En el Moro de La Habana,
los albañales parten desde los desagues de la conciencia,
bajan por la mesa familiar,
y se alejan frente a los portales de la tarde,
con su carga de miseria y pedazos de hombres.

En el Moro de La Habana,
todo es posible,
los duelos, los raptos,
la selva de los curros,
las reminiscencias de Sodoma,
las fugas, los suicidios…

En el Moro de La Habana,
ante las casas tremebundas,
pasa una antigua angustia;
los laberintos esconden,
toneladas de sífilis y paridoras,
kilómetros profundos de apatía o de rabia.

Pero en el Moro de La Habana,
desde los suburbios de su lira
Orfeo nos convoca a un nuevo parto:
“Es posible renacer frente al infierno del vulgo y la mala palabra”,
todavía es posible la eternidad y la luz,
La infinita luz, en El Moro de La Habana.


Iván Alberto Borrero Madan

"La Habana desde los suburbios"








                           “OFELIA LA DE MANTILLA”
                             (Poema en formato teatral)

 
El erudito: Ofelia, llevo días tratando de decirte que siempre que te veo pasar me da la impresión que el mundo se vuelve más chiquito y que todo me conduce a ti, las calles, el mar, los muros de la ciudad, sus columnas dóricas, sus alquitrabes; quería decirte que no hay una página que lea que no me evoque tu imagen, leo a Allán Poe y me creo que eres Leonora, encuentro tu rostro en los cuadros de pintores neoclásicos, en los retratos flamencos, en los óleos de los viejos impresionistas; en el amanecer de todos los días, en las canciones de los bardos. Escribo tu nombre en todas partes; siento obsoleta cualquier Filosofía o Tratado de arte que no te invoque.

Ofelia: Niño, me tienes mariada, pareces un papagallo hablando, y ni sé lo que me dices ni lo qué diablos quieres.

El erudito: Lo que quiero es que la vida nos dé la ocasión de andar juntos por la vida, que seas el sueño hecho realidad; lo que quiero es que seas mi Euridice, o mi Juana de Arcos, que seas mi Julieta, claro, sin el fatalismo de Shakespeare; quiero que inspires cada uno de mis poemas, que cuando mi vista se pierda en algún pasaje subrrealista de Kafka saltes hacia mí desde la metamorfosis de tu cuerpo; quiero fundar un hogar y hasta una ciudad al lado tuyo; que seas la Helena de Troya y yo tu guerrero…

Ofelia: Óyeme, hasta las cuántas, papi? Por qué no hablas normal? No sé si me estás enamorando o me estás dando cuero.

El erudito: Estoy tratando de abrir las alamedas junto a ti, y si me expreso en estos términos es porque tú los inspiras; me he construído una Ofelia muy especial para mí; una Ofelia que no tiene nada que envidiar a las heroínas del Romanticismo francés; eres más que aquella parísina de nombre Esmeralda que diseñó Víctor Hugo y de la cual se enamoró perdidamente el Jorobado de Notredame. Yo quiero que estés a la altura de mi Ofelia, y que admitas cuanto sea posible nuestro amor.

Ofelia: Yo soy la que soy, y no he necesitado ser otra, ni Esmeralda, ni Julieta, ni ninguna de esas mujercitas raras que mencionas; a mi manera he amado y me han amado, y en mis buenas templadas o mamadas no me han hecho falta el Jorobado ni el Caballero de París; pero no puedo negarte que hoy me gustaría parecerme en algo a esa Ofelia que llevas dentro. Sin dudas me estás resultando interesante, sobre todo porque no te pareces a nadie; ningún hombre me había dicho tales cosas, y menos imaginé que se las inspirase a alguien; pero te advierto, si llegamos algún día a enredarnos, deberás quererme tal como soy y dejar bien lejos de la cama y del cuarto a Kafka, a Víctor Hugo, a Poe, a Shaskespeare y a todos esos vagabundos que merodean en tu cabeza; aunque sé que me va a gustar que me digas cuando me la penetres bien profunda, que soy tu Ofelia de Arcos, tu Ofelia de Troya o tu Ofelia la Loca.

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