Valiosas obras del
arte universal que el solo hecho de contemplarlas es ya motivo de éxtasis.
Fiesta para la mirada es estar delante de “La Resurrección” de Rafael, uno de
los cuatro grandes pintores del Renacentismo; o presenciar los dos oleos de Eugéne
Delacroix, el más romántico de todos los franceses: “El invierno” y “El otoño”.
Qué privilegio es posar entre dos majestuosos Goya: "Retrato del cardenal Don
Luis María de Borbon", y "Retrato de Don Juan Antonio"; o vislumbrar la
tranquilidad cromática de “Canoa sobre Epte”, salida de las manos del impresionista
Claude Monet, al cual nuestro Martí dedicó refinados elogios.
Mucho nos
conmocionó el dramatismo que consiguió Paul Gauguin en su óleo “El pobre
pescador”; ese pintor francés no fue un pintor de salones, creó su obra en
medio de la rica naturaleza de islas polinesas y del caribe. Salvajemente hermoso
es el cuadro “El cazador de leones” de Eduard Monet; y bien nostálgico “La niña
con espigas” de Renoir.
Cuánto no dieran los coleccionistas del mundo por tener
en las paredes de su casa a “El escolar”, con esos tonos inigualables del
amarillo, que revelan de inmediato a Vincent van Gogh; por ver únicamente ese genial
cuadro del holandés que se automutiló la oreja, vale la pena atravesar las
puertas del Museo de Arte de Sāo Paolo.
Pero como si fuera poco,
saltan nuestros ojos de alegría y solemnidad delante del más grande pintor del
siglo XX: Pablo Picasso, ese que engendró “La Guernica”, como una declaración
de guerra contra la guerra. “Busto del Atleta”, se llama uno de sus dos cuadros
que privilegian al museo; en él se refleja esa maestría estilística del cubismo
que identifica al artista español. Particularmente los cubanos, debemos a
Picasso su marcada influencia en los vanguardistas nuestros: Wilfredo Lam (fue
su discípulo), René Portocarrero y Amelia Pelaez. Sin dudas, fiesta tremenda
para la mirada, fue ese viaje través de las obras del Museo de Arte de Sāo
Paolo.







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