Créanme que vi a esta
ciudad con el visor romántico de Federman,
con la festiva sorpresa
del aventurero frente al valle de las damas.
Nunca estuve lejos de
los caquetíos, siempre alcancé a verlos subir por las montañas legendarias; por
allá, por donde se asomaba a la vera de las aguas la diosa de la danta.
Juro que he amado a
esta ciudad tanto como he respirado su aire de siglos suspendidos; atmósfera
bendecida por chinos laboriosos, palestinos amables y portugueses
honestos.
Parte de mí ya había
estado antes, cuando en el central Matilde se juntaron los cuerpos de la isla, y
así la isla se hizo visible en los ojos autóctonos de la ciudad, y así las
mujeres de la ciudad amaron a los hombres de la isla, y nacieron hijos con los
signos del agua, que supieron sostener la memoria y la nostalgia de los
viejos.
El amigo Alberto murió
en estos días,
era de Santis Spíritu,
cuando supo de mí fue y me abrazó conmovido,
como sujetándose a los
algarrobos del Escambray.
Murió el cubano Alberto
dentro de esta ciudad, y yo que esperaba que viniera a despedirme
con el mismo abrazo y
dejarme un leño de la voz para los seres de su isla.
Créanme que he amado
esta ciudad, y la he sufrido con la agonía de los barrios:
En José Félix Ribas uno
se reencuentra con el tiempo circular,
la hora eterna en que
la pobreza sigue mordiéndose la cola;
en lo real maravilloso
de criaturas que nacieron del barro y aún lo siguen habitando.
Me iré de esta ciudad
sin entender como alguien traspasa la avenida ocho peor que un animal;
_oh, desdichado Carlos, me llevo tus pesares,
la palabra que
quieres parir y sale como un lamento gutural;
fue más afortunado el
jorobado de Notre Dame en la soledad de París.
Me llevo el doloroso
olor de las licorerías,
pero también el
atardecer ecléctico de Barrio Centro;
allí en los peores días
un consultorio se volvió barricada,
y cuando el enemigo propuso envenenar esta
ciudad
las abuelas del centro hicieron gimnasias
junto al cuartel de los Adecos,
hasta que un día se
vino abajo ese cuartel y tomamos las calles.
Te juro por mi madre,
que yo amo esta ciudad, incluso en sus terribles veranos;
cuando el sol del
mediodía rabioso va trepando por las palabras de los muros;
porque los muros de
esta ciudad siguen hablando por los hombres;
porque al paria Carlos
solo lo entiende Dios;
porque el cubano Alberto sembró sus huesos
tan cerca del Matilde y tan distante de los
algarrobos.
Yo me iré serenamente,
y tal vez nadie se
acordará de mí,
pero me llevo esta ciudad como una conquista,
o una plancha de
apamate con figuras humanas;
y en un verso de Henry
Mota viviré pernoctando.

No hay comentarios:
Publicar un comentario