Chivacoa que no dejé de ver con el visor de Nicolás Federman





Créanme que vi a esta ciudad con el visor romántico de Federman,
con la festiva sorpresa del aventurero frente al valle de las damas.
Nunca estuve lejos de los caquetíos, siempre alcancé a verlos subir por las montañas legendarias; por allá, por donde se asomaba a la vera de las aguas la diosa de la danta.
Juro que he amado a esta ciudad tanto como he respirado su aire de siglos suspendidos; atmósfera bendecida por chinos laboriosos, palestinos amables y portugueses honestos. 
Parte de mí ya había estado antes, cuando en el central Matilde se juntaron los cuerpos de la isla, y así la isla se hizo visible en los ojos autóctonos de la ciudad, y así las mujeres de la ciudad amaron a los hombres de la isla, y nacieron hijos con los signos del agua, que supieron sostener la memoria y la nostalgia de los viejos. 
El amigo Alberto murió en estos días,
era de Santis Spíritu, cuando supo de mí fue y me abrazó conmovido,
como sujetándose a los algarrobos del Escambray.
Murió el cubano Alberto dentro de esta ciudad, y yo que esperaba que viniera a despedirme
con el mismo abrazo y dejarme un leño de la voz para los seres de su isla.
Créanme que he amado esta ciudad, y la he sufrido con la agonía de los barrios:
En José Félix Ribas uno se reencuentra con el tiempo circular,
la hora eterna en que la pobreza sigue mordiéndose la cola;
en lo real maravilloso de criaturas que nacieron del barro y aún lo siguen habitando.
Me iré de esta ciudad sin entender como alguien traspasa la avenida ocho peor que un animal; _oh, desdichado Carlos, me llevo tus pesares,
 la palabra que quieres parir y sale como un lamento gutural;
fue más afortunado el jorobado de Notre Dame en la soledad de París.
Me llevo el doloroso olor de las licorerías,
pero también el atardecer ecléctico de Barrio Centro;
allí en los peores días un consultorio se volvió barricada,
 y cuando el enemigo propuso envenenar esta ciudad
 las abuelas del centro hicieron gimnasias junto al cuartel de los Adecos,
hasta que un día se vino abajo ese cuartel y tomamos las calles.
Te juro por mi madre, que yo amo esta ciudad, incluso en sus terribles veranos;
cuando el sol del mediodía rabioso va trepando por las palabras de los muros;
porque los muros de esta ciudad siguen hablando por los hombres;
porque al paria Carlos solo lo entiende Dios;
 porque el cubano Alberto sembró sus huesos
 tan cerca del Matilde y tan distante de los algarrobos.
Yo me iré serenamente,
y tal vez nadie se acordará de mí, 
 pero me llevo esta ciudad como una conquista,
o una plancha de apamate con figuras humanas;
y en un verso de Henry Mota viviré pernoctando.





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